La herida de la infancia

Los meses pasados muchos de nosotros nos encontramos revisando los cimientos de nuestras relaciones y en especial el vínculo de pareja o las relaciones mas cercanas.

De todas las personas que “les tocó” pasar por ese trance, no conozco a ninguna que le apeteciera hacerlo. Sin embargo, la mayoría ha sabido re-estructurar las cosas y salir adelante. Para algunas el proceso no ha finalizado pero si está bien encauzado y llegando a su término.

Ahora, la herida a sanar es otra. Es muy curioso como va llegando gente con historias que están tambaleando sus propios cimientos.

Esta vez se trata de esa limitación que se engendró en la niñez. Aquello que te superó tanto que marcó tu personalidad. No me refiero al trauma en si, eso puede que ya lo hayas superado, sino la manera de actuar en la vida cada vez que te llega una situación relacionada.

Por ejemplo, si de pequeño te sucedió algo que te dejó paralizado y alguien muy influyente para ti te llamó cobarde , eso pudo ser una sentencia que ha hecho que cada vez que surge un conflicto, no te sientas capaz de afrontarlo. Aquí tu ego busca una excusa convincente para que puedas escapar sin sentirte muy mal al respecto.

Cada uno de nosotros tenemos varias heridas pero sobre todo hay una que destaca por encima de las demás. ¿Te vas dando cuenta de cual es la tuya?

Para reconocerla, fíjate en cual es tu frase mas limitante. “No puedo con esto” “No soy capaz” “Es que siempre me pasa lo mismo sobre este tema”…

Te cuento todo esto porque la vida, una vez más nos da una nueva oportunidad.
Una ocasión para sanar aquello que tenemos enterrado y no nos deja brillar en todo nuestro esplendor.

Y créeme lo sé, no sólo por las personas que me llegan sino porque a mi también se me ha dado esta oportunidad. Las circunstancias se confabularon para ello y me encontré inmersa en mi herida, repitiendo una y otra vez mi frase limitante mas recurrente. Ni que decir que por supuesto no me hizo ninguna gracia.

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Y aprendí varias cosas:

La primera es que, yo elijo si la quiero sanar o no. Estás en tu derecho de seguir como estás. Darme cuenta de esto, me alivió bastante.

La segunda fue permitirme sentirlo, llorar, temblar y experimentar todo aquello que mi cuerpo decidió vivir. Si bien a mi mente le parecía estúpido y desproporcionado, traté de juzgarme lo menos posible y abrazarlo con mucho cariño.

Y una vez sufrido, otra cosa que aprendí, gracias a la sabiduría de mi hijo, fue que el mundo no se iba a acabar por eso. Dicho de otra manera, le estaba dando una importancia desproporcionada. Me estaba estancando dentro y no sabía salir.

Aquí me vino bien recordar que el universo no gira en torno a mi. Pude salir de mi dolor y mirar desde arriba. Observar lo que soy ahora y aceptar que sucediera lo que sucediese, yo iba a poner de mi parte y aprovechar la oportunidad, sin afligirme de esa manera desproporcionada.

Un día mientras meditaba, me llegó el mensaje de que me divierta, que me ría de mi misma y no tome todo tan en serio. Y eso he hecho.

Si estás viviendo algo parecido, ojalá te sirva mi experiencia y te aventures a irradiar toda tu belleza.

Me despido con mucho cariño y un inmenso respeto.

Loreto.

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